Hay una escena de El Diario de Patricia que, vista hoy, resulta casi involuntariamente filosófica. Un niño explica con toda naturalidad que fuma «para hacerse el chulo». La frase, aparentemente absurda, contiene una intuición bastante profunda: quizá no siempre hacemos las cosas por lo que obtenemos de ellas, sino por lo que esas cosas nos permiten ser ante los demás y ante nosotros mismos.
Algo parecido encontramos en San Agustín cuando, en sus Confesiones, recuerda el famoso episodio del robo de las peras. San Agustín no necesitaba aquellas peras. No tenía hambre ni las robó porque fueran especialmente apetecibles. Las robó, en buena medida, porque sabía que estaba haciendo algo que no debía. Y ahí aparece una de las cuestiones más inquietantes de su pensamiento: ¿por qué podemos desear aquello que sabemos que no necesitamos y que incluso sabemos que está mal?
El cigarro del niño y las peras de San Agustín parecen pertenecer a mundos completamente distintos. Uno es una escena televisiva casi cómica; el otro, una reflexión religiosa sobre la naturaleza del mal y del deseo. Sin embargo, ambos pueden entenderse desde una misma pregunta: ¿qué es lo que realmente deseamos cuando deseamos algo?
El niño no parece buscar únicamente el placer de fumar. De hecho, su explicación lo deja bastante claro: fuma «para hacerse el chulo». El cigarro es un medio para construir una imagen de sí mismo. No quiere solamente fumar; quiere ser alguien que fuma, alguien que proyecta una determinada personalidad. El objeto importa menos que el significado que adquiere dentro de su identidad.
San Agustín se encuentra ante algo semejante con las peras. El fruto no es lo esencial. Lo esencial es el acto de apropiarse de algo que no le pertenece y experimentar, en cierta forma, el poder de transgredir. El objeto robado es casi accidental. Lo que importa es la acción misma y aquello que esta representa.
En ambos casos aparece una extraña inversión del deseo: no queremos necesariamente las cosas por lo que son, sino por lo que significan. El cigarro puede convertirse en una señal de rebeldía; la pera, en una oportunidad para romper las reglas. El objeto se convierte en símbolo.
Y quizá aquí se encuentre una pequeña paradoja de la libertad. Pensamos que somos libres cuando hacemos aquello que queremos, pero muchas veces nuestros deseos están construidos por la mirada de los demás. El niño que fuma para «hacerse el chulo» cree estar expresando su libertad, pero al mismo tiempo está adoptando una imagen social de lo que significa ser «chulo». Su deseo parece propio, aunque nace de algo externo.
San Agustín lleva esta cuestión todavía más lejos: ¿puede el ser humano desear el mal simplemente porque es capaz de elegirlo? Si es así, la libertad no consistiría únicamente en escoger entre cosas que queremos, sino también en poder querer aquello que, en principio, no nos aporta nada.
Por eso, entre las peras de San Agustín y el cigarro de aquel niño hay más relación de la que podría parecer. Ambos muestran que el ser humano es un animal extraño: capaz de desear no solamente las cosas, sino también la imagen de sí mismo que obtiene al hacerlas.
Quizá San Agustín necesitaba menos las peras de lo que necesitaba ser aquel que podía robarlas. Y quizá aquel niño necesitaba menos el cigarro de lo que necesitaba convertirse, aunque fuera durante unos minutos, en «el chulo que fuma».
La pera y el cigarro son distintos. El deseo que los convierte en símbolos no lo es tanto.