La trinchera del pensamiento

Aprender a no dar por evidente lo que parece evidente.

El miedo humano a descubrir que no sabemos

El ser humano mantiene una relación extraña y, en cierto sentido, contradictoria con el conocimiento. Por un lado, aprender parece responder a una necesidad fundamental. Desde la infancia preguntamos constantemente por qué ocurren las cosas. Sin embargo, a medida que crecemos, esa curiosidad puede transformarse en algo más complejo. En lugar de buscar aquello que desconocemos, muchas veces buscamos proteger aquello que creemos saber. Preferimos una respuesta segura, aunque sea incorrecta, antes que enfrentarnos a la incertidumbre de no tener ninguna. Es precisamente en esta tensión donde aparece una de las paradojas más profundas de nuestra relación con el conocimiento: para aprender necesitamos reconocer nuestra ignorancia, pero aprender también nos hace más conscientes de todo aquello que ignoramos.

Podemos vivir dentro de una explicación sencilla del mundo sin percibir sus deficiencias. Creemos comprender porque no somos capaces de ver aquello que nos falta, El conocimiento, en cambio, tiene la capacidad de romper esa ilusión cuando comenzamos a estudiar o entender algo esas preguntas se responden y esas respuestas producen otras preguntas y asi sucesivamente, por lo que aquello que inicialmente parecía una búsqueda destinada a alcanzar certezas termina revelando un territorio cada vez más amplio de incertidumbre. Esta idea ya aparece, de una manera especialmente profunda, en la filosofía de Sócrates. Su famosa actitud de reconocer su propia ignorancia no debe interpretarse simplemente como una afirmación de que no sabía nada El reconocimiento de la ignorancia constituye, en este sentido, una forma de conocimiento. Saber que no sabemos algo es distinto de ignorarlo completamente.

La persona que reconoce su desconocimiento puede preguntar, investigar y cambiar de opinión; aquella que está convencida de poseer la verdad absoluta ya no tiene motivos para hacerlo. Por ello, la ignorancia más peligrosa no es necesariamente la falta de conocimiento, sino la incapacidad para reconocerla. Podemos ignorar miles de cosas sin que ello constituya un problema. Ningún ser humano puede conocer la totalidad de la realidad. El problema aparece cuando confundimos nuestras creencias con conocimiento y dejamos de distinguir entre aquello que sabemos, aquello que creemos y aquello que simplemente suponemos. Por esta razón, cambiar de opinión puede ser más difícil de lo que parece. Si una persona ha construido durante años una determinada visión del mundo, aceptar una idea contraria no implica únicamente modificar su idea. Puede significar reconocer que durante mucho tiempo estuvo equivocada. Y los humano no siempre soporta fácilmente esa experiencia. De este modo, podemos llegar a desarrollar una relación paradójica con la verdad. Decimos que queremos conocerla, pero quizá lo que deseamos realmente en muchas ocasiones es sentirnos seguros. La verdad y la seguridad no siempre coinciden.

Una verdad puede ser incómoda, contradictoria o incluso desestabilizadora. Una creencia falsa, en cambio, puede proporcionarnos tranquilidad, En conclusión, la ignorancia no es necesariamente el problema. Todos ignoramos una cantidad inmensa de cosas y es imposible conocerlo todo. El verdadero problema aparece cuando confundimos nuestras creencias con certezas absolutas y dejamos de preguntar. La paradoja es que necesitamos aprender para descubrir que no sabemos, pero necesitamos reconocer que no sabemos para poder aprender.

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